Niño grande
Si tenía que pasar, tenía que pasar. No es que fuera de mi agrado pero ¿qué se le iba a hacer?: yo era joven y él demasiado rápido.
Llegué sin una maldita moneda en mi bolsillo. El dinero tiene un efecto curioso, da más cosas cuando no lo tienes, y todas malas.
El deposito de aquel autobús parecía no tener fondo. No sabía cuanto tiempo llevaba dentro sin beber ni una gota de agua y por lo tanto sin ganas de ir al baño. Cuando me baje de aquella lata sin aire acondicionado bebí como un loco del chorro de agua fría que salia del grifo de un baño con serios problemas higiénicos en la ultima estación de autobuses del mundo: La estación del quinto pino. Donde se bajan los que se olvidaron de avisar al conductor de que su parada era aquel arco iris que se veía entre los arboles; si, los que están a la derecha de ese precioso lago.
A mi realmente no se me había olvidado nada. Yo estaba allí por que quería. Quería empezar de cero y no hay mejor sitio para empezar que bajarse en esa jodida estación alejada de la mano de Dios donde el transporte solo llega, nunca sale.
Había caído cerca de ese lago que os digo, dentro de un charco de barro que resultó ser muy profundo y me había calado entero hasta los huesos. ¿Quién me iba a querer lleno de sucio barro? Si ahora ella quería a un tío limpio y reluciente que iba con su traje de ejecutivo y su sonrisa cegadora.
Quiero, que el que lea esto; le ponga un tono amarillento a todo. Cuando me imagine saliendo de aquel sucio baño con la cara húmeda por el agua quiero que le de un tono sepia con machones de humedad en los bordes de la fotografía pues así lo veía yo.
¿Por qué había un charco? No lo se, pero en ese sitio nunca llovía y todo estaba siempre limpio. Fijo que alguien hizo ese agujero y con el agua del precioso lago empapó lentamente la tierra, como si cocinara a fuego lento el más rico de todos los platos; para hacer un charco lleno de barro en el cual yo, que caminaba feliz por aquel lugar; cayera y así tener una escusa para echarme de allí. Eran todo confabulaciones de mi compañera de aquel sitio idílico y del nuevo habitante de sonrisa cegadora.
Cuando me baje en aquella estación lo primero que hice, después de beber como ya dije; fue abrir mi cartera de piel marrón y ver como tenía que obtener un trabajo.
Solo hacía bien una cosa y dudaba seriamente de que en aquel pueblo sin nombre se requerirían esa clase de servicios.
Caminé lentamente con mi mochila en a la espalda, mi chupa dándome calor y las gafas de sol colgando de la camisa; por la acera. Mis pies iban golpeando latas imaginarias y mis manos en los bolsillos me daban una imagen de niño grande que no tiene donde caerse muerto.
Cuando la calle principal empezó a ser demasiado larga levanté la cabeza, lo recuerdo como si fuera ayer; allí estaba el cartel colgando de debajo del alfeizar de una ventana de un primer piso. Mis ojos se iluminaron. Y aunque sabía que nadie contrataría como periodista a un chico de 23 años recién llegado a aquel pueblo de mala muerte que decía ser escritor, había que intentarlo. Solo me quedaba ese sitio. La maravillosa ciudad del arco iris donde caí ya no quería mis servicios.
Aceleré el paso y me plante cual poste de teléfonos delante de la puerta. Daba el aspecto de ser un periódico tan poco importante como el escritor que delante de la puerta se hallaba.
Gire el pomo. Entré.
El aire era más caliente que en el autobús. Me parecía imposible que las dos únicas personas que había dentro fueran obesas. Me acerque a uno de ellos y le pregunté por el jefe. Señaló con su rollizo dedo una puerta de color granate, con cortinas que hacían daño a la vista.
Una hora más tarde salia de aquel despacho con un trabajo de reportero. El aire de la oficina ya no estaba tan viciado. Parecía como que en aquella hora alguien hubiera instalado aire acondicionado o al menos hubieran abierto las ventanas.
Salí feliz. El sol brillaba en lo alto. Lo siguiente era buscar alojamiento.
No tardé en saber donde podía dormir por las noches y ducharme por las mañanas: aquel motel era todo lo que necesitaba.
Sentado en la mesa con mi maquina de escribir, mi tabaco arrugado a la izquierda con el encendedor de plata que mi tía me dejó en herencia y el cenicero de cristal a la derecha las noticias alimentaban el periódico de aquel no tan pequeño pueblo. Una tele en blanco y negro iba poco a poco entrando en la nueva era y emitiendo imágenes a color. Y en la ventana una flor de color amarillo, probablemente un narciso; iba cobrando vida a medida que la ciudad crecía ante mi.
En pocos meses la ciudad tenía un periódico con una plantilla de notable, unos cincuenta periodistas parecían haber surgido poco a poco de las gotas de grasa de aquellos dos gordos escritores a los cuales ya no se veía. Y por fin las cortinas no hacía daño a la vista, es más invitaban a entrar.
El pueblo ya no tenía un tono sepia con machones de humedad en los bordes de la fotografía.
Ahora era toda una ciudad donde antes de llegar a la estación donde todo el mundo quiere bajarse había un lago y un bosque y sobre ellos un precioso arco iris al cual le hacía fotos todos los días.
Pero mi habitación seguía igual. Nada había cambiado. Solo la televisión parecía que no quería emitir en blanco y negro y mi maquina de escribir ya no hacía tanto ruido.
El narciso amarillo estaba allí. Vivo, si; pero no radiante de vida.
Sobre la mesa, en frente de la maquina de escribir un montón de fotos de aquella ciudad que poco a poco iba acogiéndome y a su lado un álbum donde cuando tenia tiempo las pegaba.
Mirando por la ventana el atardecer de una preciosa tarde de invierno mi teléfono sonó.
Una voz familiar de un lejano país donde los charcos surgían cerca de los lagos y te calaban hasta los huesos estaba al otro lado del aparato.
Parecía que a el tío limpio y reluciente que iba con su traje de ejecutivo se le habían roto sus preciosos dientes. Ya no deslumbraban y dejaban ver que era igual que yo, que no era un semidiós si no un simple mortal con las mismas imperfecciones y que no la conocía ni trataba tan bien como yo.
Sonreí al narciso.
-Tengo un álbum nuevo de fotos.
Y colgué.
La noche ya había caído. Mañana compraría los narcisos suficientes como para cubrir mi alfeizar entero y demostrar a mi gran ciudad que aquella habitación era de un hombre y no de un niño grande de 23 años.

“Si tenía que pasar, tenía que pasar. No es que fuera de mi agrado pero ¿qué se le iba a hacer?: yo era joven y él demasiado rápido.”
El tiempo pasa rápido hasta cuando tienes 20 años.
Alejandro Sáez Morollón
Enero 23, 2009 a 3:10 pm