Archivo para Noviembre 2008
Manifestación: Segunda parte.
Acabo de llegar a casa y ya me encuentro con todos los video sy fotos, hay unas cuantas en el tuenti, hice unas cuantas con la camara que a ver si las subo y hay un monton hechas por los medios de comunicación.
Al menos en Oviedo había mas de un millar de personas manifestandose. Esperemos que sirva para algo.
Lo que realmente me preocupa es que el robot (que pertenece a la asociación A.I.R.E de la cual soy miembro, hay que hacer publicidad) fue el verdadero idolo de masas… Esperemos que la noticia no sea: Un millar de personas gritan mientras siguen a un robot.
En cuanto pueda subo algunas fotos.
Aquí el enlace a la web de La Nueva España donde salimos en un video. (Me queda genial sujetar pancartas)
Café con leche y hielo sin baileys.
Este no es un mundo de hombres por mucho que James Brown diga.
Y este café con hielo estaría mucho mejor si en vez de su voz la acompañara la de una bella mujer.
No cualquiera. La más bella. El mundo no es nada sin esa mujer. Me da igual que haya más, Brown. El mundo sería lo mismo si no hubiera mujeres o chicas. Pero sin esa mujer el mundo no sería mundo.
Acababa de dejarla en su portal y no hacía otra que lamentarme de haberla dejado abrir la puerta.
Me daba igual que el hombre hubiera inventado la electricidad, si ella no estaba bajo el mismo foco que yo, esa luz no iluminaba lo suficiente.
Me daba igual que hiciéramos los coches, si las ruedas no cruzaban el mismo horizonte no era buena carretera.
Me daban igual los trenes y los barcos, si su propósito no era llevarme junto a su mirada.
El mundo no es de los hombres, ni de las mujeres. El mundo es de ella.
El hombre no invento el dinero para comprar a otros hombres. El hombre invento el dinero para cubrirla de las cosas más bellas e inaccesibles del mundo.
Un pequeño lobo aullaba palabras equivocadas. Y unos hielos se derretían en un vaso. Creo que me hacían falta unos dedos de baileys. Pero sin ella, no sabrían a baileys.
Manifestación: Primera Parte
Ya falta poco para la manifestación de Ingenieros Informáticos.
Ya está todo listo, van a caer servidores y rodar toners MAUAHAH. Es coña.
Este es un momento delicado, es una de nuestras ultimas oportunidades (si es que tenemos) para regularizar nuestra carrera, conseguir las atribuciones que se merece y no sucumbir a Bolonia…
Dado que voy a ir a la manifestación de Oviedo, intentaré hacer fotos y subirlas aquí…
Ya sabéis… el miércoles 19 de noche… habrá fotos gore de informáticos apaleados por la policía
Quince minutos de caminata con una desconocida
Quince minutos de caminata con una desconocida by
Alejandro Sáez Morollón is licensed under a
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No la quería.
En tan solo cinco días no se puede querer a alguien.
No era una película de amor, ella sabía lo que buscaba.
No era el físico aunque bien podría haberlo sido, no era por su carácter ni por su manera de ver la vida, era simple y llanamente sexo.
Ella lo sabía y quería lo mismo, todo estaba claro, no había duda alguna.
Mientras no hubiera variación alguna en la manera de enfocar la simbiosis, todo iría sobre ruedas.
Salía del trabajo todos los días y como por arte de magia, como si lo hiciera adrede tropezaba con ella a la vuelta de la esquina del frío y gris garaje de la empresa. Siempre con un vestido, un día rojo con flores a modo de acuarela difuminada de color verde; otro con un traje blanco con tirantes amarillos que conjuntaban con un precioso escotado de encaje. Eso en tiempos agradables, en los días fríos la veía con un bonito abrigo largo marrón que junto con los guantes a juego y sus profundos ojos negros te cortaban el aliento.
Siempre con un bolso. Si bien no la veía cambiar nunca de su rutinaria pero preciosa ropa, siempre cambiaba de bolso; en todo el tiempo que me la cruce no recuerdo haberle visto dos veces el mismo bolso. Todos los días laborables durante un año choqué con ella en aquella esquina del frío y gris garaje de la empresa.
Y nunca vi dos veces el mismo bolso, nunca.
Me llegué a preguntar si tenía alguna especie de armario encantado para guardar infinitos bolsos, pero rápidamente descarte esta idea argumentando otra más absurda pero totalmente acertada: de tenerlo también haría lo mismo con la ropa y no la veía cambiar.
Pero sus ilimitados bolsos no eran lo que más me extrañaba de aquella singular mujer, ni si quiera que sistemáticamente me tropezara con ella, si no el por que tropezaba.
Siempre era de la misma manera, siempre a la misma hora, al mismo minuto, y por que mi reloj no tiene segundero que si no apostaría mi vida a que también era al mismo segundo.
Todos y cada uno de los días que siguieron a la segunda vez que me tropecé con ella, empezaban con un constante recordatorio de que no me tropezara con ella otra vez; pero a la vuelta de aquella esquina siempre me esperaba ella y un poco antes el olvido de la lección que para ese día tenía que aprender.
Por raro que parezca, aunque viendo lo que ya he contado no va a sorprender mucho, siempre que chocaba con aquella mujer siempre le tiraba la bolsa de la compra y siempre de ella salían cuatro yogures y un bote de melocotón en almíbar.
Yo entre disculpas me agachaba ruborizado a recogerle las cosas. Su “no se preocupe” y su esplendida sonrisa se repetían todos los días, de Lunes a Viernes. Después de chocar con ella no había un día malo, siendo estos los fines de semana cuando no la veía.
Un día, un año más tarde no había faltado a mi extraña cita ni un día laborable, y aquel Lunes no iba a ser menos. Al girar la esquina del frío y gris aparcamiento de la empresa tropecé con ella pero no llevaba ninguna bolsa. No cayo por tanto nada al suelo, nada que recoger. Nos miramos fijamente y sin mediar palabra alguna andamos juntos hasta mi piso de soltero.
Quince minutos de caminata con una desconocida.
Al cerrar la puerta de mi piso ella se desnudo sin erotismo alguno, como si aquella ropa le molestara para lo que realmente importaba. Yo hice lo mismo y sin más preámbulos que los diez segundo que tardamos en empezar, empezamos.
Dos horas más tarde dormía plácidamente.
Cuatro horas más tarde dormía plácidamente, solo.
Al día siguiente lo mismo, así hasta el sábado, día que no la vi, día que parecía no terminar.
No la quería.
En tan solo cinco días no se puede querer a alguien.
No era una película de amor, ella sabía lo que buscaba.
No era el físico aunque bien podría haberlo sido, no era por su carácter ni por su manera de ver la vida, era simple y llanamente sexo.
Ella lo sabía y quería lo mismo, todo estaba claro, no había duda alguna.
Mientras no hubiera variación alguna en la manera de enfocar la simbiosis, todo iría sobre ruedas.
Me repetía esto como si de un salmo se tratara.
El domingo, mustio, salí a rastras con mis amigos y al tornar, de vuelta a casa, la esquina del frío y gris garaje de la empresa tropecé con ella. Tanto sus amigas como los mios se rieron, pero rápidamente se callaron al ver que no decíamos nada, que no parábamos de mirarnos.
Aquella noche no le hice el amor, ni siquiera fuimos a mi casa.
Solamente la cogí de la mano y le pedí su nombre, dirección y teléfono, le dije que no podría volver a pasar un día sin ella.
Me dijo su nombre y todos los datos que le había solicitado, con cara de felicidad, con cara de haber conseguido algo.
Sonreí aliviado y feliz bajo la mirada atónita de los que nos rodeaban.
Encantado, respondí. Me llamo…
La comarcal
El coche frenó.
Se podría decir que el clima acompañaba al momento. Le hacia tener un toque de film romántico de los años cincuenta pero sin hombreras en las gabardinas.
Llovía como si las nubes quisieran apagar el calor que salia de aquel coche rojo, que en la tercera salida de la comarcal se había desviado de su trayecto para parar en aquel mirador.
Pero por mucho que lloviera, aquellas envidiosas nubes no conseguirían gran cosa.
Pantalones vaqueros, camiseta verde y zapatillas deportivas rojas en el asiento del copiloto.
Falda verde, blusa blanca, una larga melena, unos llamativos pendientes hechos por plumas negras y verdes y un largo collar blanco y negro conducían.
Y las miradas habían parado el coche.
Aquello estaba mal.
No podía ocurrir nada.
Un largo beso, unas caricias cada vez más sensuales en zonas cada vez más prohibidas, un ir y venir de ropa, sudor y sentimientos confusos y profundos, un momento de éxtasis. Primero lo probó ella, no contenta repitió y al rato él.
Unas lágrimas en los ojos que en un segundo habían intercambiado todo aquello brotaron pidiendo que se hiciera realidad.
En ese coche, en esa noche, no podía pasar nada.
La comarcal esperaba.
